Partidocracia ¿para qué? (Cuarta parte)

Gráfico1Un gobierno puede ser bueno en apariencia, pero malo en la realidad. Los candidatos hacen compromisos a cambio del dinero que gastan en la campaña y esos compromisos, tarde o temprano, tienen que pagarse. Entonces, el dinero en las campañas políticas tiene un efecto negativo directo en el desempeño del gobierno. Es el dinero y no los ciudadanos individuales lo que tiene más valor para el actual sistema de partido-gobierno. En el sistema de partidos políticos, los ciudadanos no tienen representación auténtica en el gobierno.

Por Alberto Pérez García

En la tercera parte abordé un gran problema que aqueja a la ciudadanía: el dinero que utilizan los partidos políticos durante sus costosas campañas electorales y que tarde o temprano se debe pagar. Esos candidatos, ya en el gobierno, echan mano de los recursos públicos (nómina, programas, apoyos, etcétera) para pagar compromisos políticos; actualmente en Tequila los compromisos son tantos que no sobra nada para el pueblo.

Lo que resulta de esto son malos gobiernos. Y seguiremos teniendo los mismos resultados, independientemente de candidatos, mientras que el dinero siga siendo el referente principal en los procesos electorales.

Pero la abundancia de dinero en las campañas electorales tiene otro efecto muy nefasto: impide una auténtica representatividad.

Es  común que en las campañas electorales se pida a los candidatos a regidores y a los aspirantes a una dirección que compren su lugar en la planilla. Así las cosas, esos candidatos hacen negocio con la política, con la esperanza de recuperar lo que invirtieron, y mucho más, cuando ya sean funcionarios.

Entonces es el negocio de los partidos políticos y sus candidatos lo que los impulsa. Difícilmente esos funcionarios serán serviciales, imparciales, ahorrativos y comprometidos con el bienestar del pueblo en lo general. Funcionarios así aparentemente representan al pueblo, pero realmente están ahí por negocio, representando su interés particular.

Y hablando de representatividad, es importante señalar que un partido político, cualquiera que éste sea, es por esencia un obstáculo para una auténtica representación del ciudadano y también facilita la irresponsabilidad y la impunidad.

Solamente el ciudadano, como persona individual, puede representar auténticamente sus intereses. Ya lo mencionaba en la segunda parte, cuando argumenté que toda persona busca siempre su mejor interés. Lo más que puede lograr un partido político es una representación parcial y deficiente del interés de sus asociados. Pero si no puede representar bien a sus asociados, menos podemos esperar que un partido pueda representar realmente los intereses de quienes no son sus asociados, o sea, la mayoría de la población del municipio.

Esta deficiente representación se vuelve perversa cuando un gobierno se conduce de manera partidista, o sea, cuando favorece a sus partidarios y discrimina a los demás. Esto, lamentablemente, es la regla en nuestro actual sistema de partidos.

Una encuesta que realicé la primera semana de agosto en Tequila muestra que sólo uno de cada cuatro tequilenses (25%) simpatizan o son miembros de algún partido político. Si a esto le restamos que un pequeño porcentaje de ese 25 por ciento se identifica con el partido en el gobierno, entonces resulta que un gobierno partidista representa el interés de un grupo muy reducido de tequilenses; y esto, como ya lo dije, sólo de manera parcial e ineficiente.

En conclusión, la representatividad de los partidos políticos es una farsa, es una mentira que debe ser llamada con todas sus letras y debe ser desenmascarada para que podamos comenzar a cambiar el sistema de partidos por otro donde el ciudadano individual tenga participación directa y auténtica en su gobierno.

Quien se diga representado por un partido político se engaña a sí mismo. Más aún, es una farsa la pertenencia a un partido político.

Es común escuchar a personas decir: “yo soy de tal o cual partido”; como si la persona fuera propiedad del partido o como si su identidad personal dependiera de un partido político. Esto, otra vez, es una farsa. La prueba está en eso que llamamos “los chapulines”.

Los chapulines de la política son tenidos como traidores, como personas que no son leales. Pero, ¿acaso olvidamos que la persona sólo puede ser leal a sí misma? Un partido político no significa nada cuando la persona desea lograr algo y no puede lograrlo en un partido. Esto lo digo en sentido positivo.

Por ejemplo, si una persona desea que el gobierno se conduzca con honestidad y eficiencia, ¿acaso es garantía de honestidad el que un funcionario pertenezca a tal o cual partido? Noooo. Porque sólo las personas pueden ser honestas y eficientes. Un partido político no puede conferirle honestidad a una persona, como por arte de magia.

En la siguiente parte continuaré explicando la manera como los partidos políticos sirven de escondite para los malos políticos.

Concluyo aquí diciendo que una persona sólo puede ver sus intereses representados en el gobierno si participa directamente en su gobierno; si se atiene a los partidos políticos, el gobierno será de los políticos partidistas; pero si participa, ese gobierno será auténticamente “su” gobierno.

¡¡¡Vamos Tequilla… Exige más!!!

Si desea hacer algún comentario, puede mandarme un correo a: apg2013gdl@yahoo.com

One Comment

ESCRIBA UN COMENTARIO

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *